La Transición fue un periodo convulso, de incertidumbre. Fue el primer paso de un camino que empezábamos a andar después de cuarenta años parados. Estos primeros pasitos tenían que hacerse despacito y con mucho cuidado, ya que la senda que eligiésemos, nos condicionaría durante mucho tiempo.
Todo se tenía que acordar por consenso. Bajo la amenaza de los sables pasados y con la esperanza de equipararnos a nuestros vecinos, tanto económicamente, como en derechos y libertades. Una difícil proeza, que con sus inevitables altibajos, se llevó a cabo dentro de un clima de normalidad que asombró al mundo.
Este proceso no fue gratis. En aras de la fraternidad, de no repetir los errores del pasado, se buscó el aristotélico punto medio, y allí donde no se pudiese, se optó por no hacer nada y que se resolviese en el futuro, cuando hubiésemos obtenido cierta madurez democrática.
Con este inicio podría hablar de la práctica totalidad de los temas espinosos de nuestro país, pero me gustaría centrarme en la parte más visible del Estado. El Jefe.
Llevo unos cuantos días manteniendo un prudente silencio con todo lo que está ocurriendo en torno a la Casa Real y más en concreto con su Majestad Don Juan Carlos. Viendo como le vilipendian por haberse ido a cazar a Botswana, como se mofan de su nieto por haber sufrido un lamentable accidente y como el yerno se va a pasar unos cuantos años a la sombra por presunto listillo. Por primera vez en mi vida he visto como medios de comunicación generalistas claman por el advenimiento de la Tricolor, o cuando menos, por la abdicación en el Asturicam Princeps.
Pues bien, nada de esto me llama la atención, lo que me extraña profundamente es que no hubiesen ocurrido cosas de esta índole antes, y me asalta una cuestión:
¿Qué esperaban, señores?
Siempre me ha intrigado saber cómo uno llega ser Rey, en base a qué consigues un ‘’curro’’ vitalicio sin estudiar una oposición.
Pues bien, pese a lo que puedan decir ilustres constitucionalistas, eminencias en derecho político, la Monarquía sólo se puede argumentar en base a un derecho adquirido por la fuerza o por la Providencia, y esto lleva siendo así desde tiempos inmemoriales.
Podemos tratar de enraizar en una democracia la figura del Rey por motivos históricos, por motivos de representación internacional, o como es nuestro caso, por tratar de buscar la paz en un momento tenso, azuzados por la Historia.
Sin embargo, por muchas vueltas que se le dé, Monarquía y Democracia son antagónicos per se.
Siempre se nos ha enseñado que gracias a su Majestad se produjo el cambio político, que fue el artífice de la disolución del Estado franquista, algunos le tildaron incluso de traidor. Propuso el Referéndum para la Reforma Política, obteniendo una indubitable y aplastante victoria. Todo esto es verdad.
Pero también es verdad, que tras la muerte de Franco, la Democracia era inevitable, ya no sólo por las ansias de libertad de los españoles, sino por exigencias internacionales, ya que estábamos planamente enmarcados en la órbita de las democracias occidentales, de la incipiente Comunidad Europea, invadidos por turistas, como motor de la economía, que exigían garantías jurídicas.
También es verdad, y pese a que siempre se obvia, incluso en nuestra Carta Magna, que el Rey fue designado sucesor por Franco, y ratificado por la Cortes Franquistas. Era un hombre del Régimen.
Aquí es donde debemos de plantearnos si el Rey podría haber actuado de otra forma y haber seguido siendo una persona relevante en nuestra sociedad.
No quiero quitarle ni un ápice de respeto por lo que hizo, ni poner en duda su valentía ni astucia para llevar a cabo tal labor, pero como dijo Ortega y Gasset: ‘’Yo soy yo y mi circustancia’’.
El Rey es un hombre simpaticón, que cumple con sus funciones con más o menos acierto, que provee de cierta estabilidad y de representación al Estado. Que mientras tenga un comportamiento ejemplar, ni nos plantearemos cambiarle.
Ahora bien, no hemos de olvidar que nuestro Jefe de Estado es una persona que nos ha sido impuesta por la coyuntura histórica. Que lo natural en una democracia es que sus cargos sean electos. Que el ordenamiento jurídico le equipara a un ‘’incapaz’’.
Es un trabajo de bolillos tratar de encajar en una moderna democracia un estamento anacrónico como es la Corona. Principalmente, porque se hace extremadamente difícil distinguir entre D. Juan Carlos como monarca y D. Juan Carlos como persona particular.
El aluvión de críticas que ha recibido este bonachón abuelete, por irse de vacaciones a cazar, me parece absolutamente injustificado y fuera de lugar. Podrán achacarle que las circunstancias por las que pasa el país no son las idóneas para irse a matar bichos al otro lado del mundo. Que cargarse elefantes está feo. Que la Reina está harta de él y pasa de ir a visitarle. Pero no hemos de olvidar que es un señor de setenta y pico años, que debería estar jubilado enseñando a su nieto a usar una escopeta, que tiene derecho a cogerse vacaciones y, dentro de la legalidad y con su dinero, a disfrutar de ellas como le venga en gana.
El problema no es el Rey, el problema es la Monarquía como institución, y mientras haya un cargo ostentado porque sí a perpetuidad en una democracia, ocurrirán este tipo cosas.
Pasó con Mitrofan (el oso borracho rumano), pasó con los yates regalados, ha pasado con el elefante, y tantas y tantas cosas de las que no nos hemos enterado, ni nos enteraremos.
Por eso y bajo estas premisas he de volver a repetir: ¿Qué esperaban, señores?