Los líderes del UE afrontan una cumbre de Jefes de Estado con el protagonismo inesperado de un organismo que muchos esperan que sea el faro que guíe, dando un paso adelante, una salida al entuerto comunitario. El BCE, cuyo mandato está sobre la cuerda, su papel y el margen de maniobra que aún tiene serán asuntos de discusión ante las posiciones encontradas de los distintos líderes no sólo del Viejo Continente.
Reforzado tras su estreno diplomático, el presidente francés, François Hollande, llegará a Bruselas con la propuesta de que el BCE comience a emitir eurobonos y establezca un calendario de compra de deuda periférica. Un política expansiva a la europea que será apoyada por Mario Monti, Durao Barroso y Mariano Rajoy, pero rechazada frontalmente por Angela Merkel y sus acólitos austeros de centroeuropa, liderados por Austria y Holanda, que ven en estas operaciones un caladero para desbocar la inflación. Y en el fondo, organismo como la OCDE o dirigentes como Obama que han pedido abiertamente que el BCE no se abroche la cremallera y asuma más responsabilidades.
Las líneas están marcadas y las soluciones, poco claras. Grecia en primera línea, e inesperadamente el debate arrastra al organismo dirigido por Mario Draghi, quien posiblemente se encontraba más cómodo en la sombra, dirigiendo la política monetaria con el control de la inflación como mandato único.